domingo, 29 de mayo de 2011

El valor de las hormigas

Y buscando bajo las piedras el valor de las hormigas encontré el trabajo de la constancia.
Se animan unas a otras, hacen trabajo en cadena. No están solas.
Todo tiene un orden, todas saben cual es su lugar y a ninguna se le ha pasado por la cabeza cambiarlo.
La reina hace bien su trabajo, establece prioridades. El resto acata y se mantiene en su ocupación. En invierno no hay hambre y en verano tienen trabajo.
Pero cuando esto cambia, cuando el invierno se presenta helado y escaso de alimento, la reina huele a miedo.
Sabe que son muchas y si se unen, la pueden destronar aunque no haya sido su culpa.
Las hormigas no buscan un culpable. Sólo tienen hambre y quieren comer.
Sólo saben que ellas se han matado a trabajar durante todo el verano y que a la hora de recoger su recompensa no la tienen.
¿Qué hacen? Sus estómagos rugen como fieras.
- Es fácil, comámonos a la reina y repartámonos nosotras, quienes hemos trabajado, el beneficio. - Sugiere una.
- Pero después habría que volver a organizarse como hasta ahora ¿no? - Responde otra, en actitud un poco más reacia.
- Claro que sí - afirma otra un poco más alejada -  pero está claro que esta reina no ha sabido hacer bien su trabajo y, al igual que si nosotras no trabajamos bien una jornada ya sabemos lo que hay, lo mismo merece ella ¿no? ¿Acaso no somos todas hormigas y estamos hechas del mismo material?
- Pero...es que no todas pensamos igual. Es cierto que todas somos iguales. Pero ¿y después? - Pregunta otra un poco agazapada.
- ¿Después? Pues después seremos nosotras quienes nos organicemos, somos hormigas, tenemos constancia, valor, fuerza, sentido de la responsabilidad... - Alega otra.
- Ya, eso mismo decían los humanos y míralos - Ironiza otra.
- Exacto, míralos. Creo que por primera vez en lo que llevo de vida, se sienten más hormigas que nunca.
Y con las mismas, llevaron a cabo su plan y siguieron viviendo como lo que son: hormigas.

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